Blanchard, María

  (Santander  1881 - París  1932)
  Movimiento/Escuela: Cubismo, Nueva figuración

María Blanchard (María Gutiérrez-Cueto Blanchard) formó parte, por mérito propio, del eje del cubismo junto a Picasso, Braque, Gris, Gleizes, Metzinger, Rivera, Valmier, Lhote, Marcoussis y Lipchitz. Debido a un accidente durante su gestación, María Blanchard nació con una grave malformación de columna que le marcó física y psicológicamente toda su vida. Su padre, director del diario Atlántico, se ocupó con esmero de su educación, alentándola a superar sus problemas y le animó a dedicarse a la pintura.

La joven artista se trasladó a Madrid en 1903 para completar su formación, siendo alumna de Emilo Sala, Fernando Álvarez Sotomayor y Manuel Benedito. En estos años en Madrid conoció a su amigo Diego Rivera. Marchó con una beca a París en 1909, ciudad a la que volvió en 1912, y entró en contacto con los cubistas, estilo que no incorporó a su pintura hasta su tercera estancia en París a partir de 1916. Además de con Diego Rivera, entabló amistad con Juan Gris, Jacques Lipchitz, André Lhote y Jean Metzinger. Expuso en la galería de Leonce Rosenberg, uno de los grandes marchantes del cubismo, relación que se mantuvo hasta que en 1920 Blanchard expuso en el Salón de los Independientes de París La Comulgante (MNCARS, Madrid), una obra absolutamente figurativa, que supuso la ruptura con el cubismo y con su galerista.

María Blanchard hizo borrón y cuenta nueva, y comenzó una nueva etapa vinculada a la nueva figuración, que avalada por Picasso desde 1917, invadió Europa a principios de los años 20, con movimientos como La nueva Objetividad o I Valori Plastici. La ruptura con Lèonce Rosenberg tuvo como consecuencia la vuelta a las penurias económicas, que pudo solventar momentáneamente gracias a la ayuda de sus amigos Jean Grimar y Frank Flausch desde Bélgica, quienes le compraron obra y le promocionaron en dicho país. Fruto de esta ayuda fueron dos exposiciones inauguradas en Bruselas en 1923 y 1926 cuyos catálogos fueron escritos por André Lhote y Waldemar George. En 1927 la muerte de Flausch le dejó en una difícil situación, que unido a su mala salud, propició que se fuera encerrando cada día más en sí misma, hasta su temprana muerte acaecida en París en 1932.

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