Don Jesús de Rueda, compositor en música

2005

Como parte de la serie “AM 34 x 24 Vol. I” la pieza que nos ocupa se integra dentro de esta inmensa y personal serie en la que Antonio Murado muestra su faceta más intimista. A medio camino entre la abstracción y la figuración, el artista lucense muestra fragmentos de su vida como si de un diario visual se tratara, valiéndose de representaciones de paisajes, retratos u otros elementos.

  • 2005
  • Pintura
  • Óleo sobre lienzo
  • 1190 (67/103)
  • 87,5 x 61,5 cm
  • Colección de Arte ABANCA

La presente obra forma parte de “AM 34 x 24 Vol. I”, una serie compuesta por más de un centenar de obras de idéntico formato y con vocación de continuidad. Se trata de una revisión de aquellos temas que siempre han interesado al artista y que forman parte de su particular universo pictórico, como el paisaje, la historia, la memoria y la pintura. También se presenta un amplio catálogo de personas allegadas, como amigos y familiares, junto a numerosas escenas que recogen sus recuerdos de infancia y que nos acercan a su intimidad más desconocida, en las que el lienzo se convierte en verdadero testimonio autobiográfico materializado a través de la pintura. Se trata sin lugar a duda, de uno de sus trabajos más personales.

La serie incluye varios lienzos dedicados a uno de los temas predilectos de Murado y seña de identidad de su producción pictórica: el trabajo paisajístico. Los singulares paisajes de Murado se caracterizan por un tratamiento que oscila en la particular dicotomía figuración-abstracción, en los que parte de la naturaleza no para imitarla, sino para crear una nueva realidad, tamizada por su mirada interior.

La novedad de “AM 34 x 24 Vol. I” reside en la incursión de Murado en el campo del retrato, una dimensión poco conocida en la producción del artista, que demuestra su interés por la constante innovación en el proceso creativo. Murado emplea la fotografía como base para el posterior trabajo sobre lienzo, que altera intencionadamente y combina con otros elementos, como ilustraciones e inscripciones. Mediante la manipulación de las imágenes reales de su entorno más inmediato es capaz de generar una realidad renovada, tan personal e íntima como insólita y original.

Esta relación entre pintura y fotografía interesa al autor por las complejas vinculaciones entre realidad, representación y percepción. Murado altera su contexto habitual y su paisaje interior, en un doble juego de significaciones; en lo referente al tratamiento pictórico que impide percibir con total nitidez unos lienzos que hablan de un tiempo pasado ya difuminado, y para el que encuentra su mejor campo de acción en la fotografía, el medio por excelencia capaz de rescatar la memoria del olvido.

Se trata de un auténtico viaje introspectivo, concebido a modo de diario visual, donde el factor temporal determina su primera incursión en la figuración de carácter narrativo, dominado por numerosas referencias históricas y culturales que, de algún modo, esgrime un repertorio de reminiscencias subjetivas sutilmente hilvanadas.