Fuegos de San Telmo

  • Urbano Lugrís
  • 1947
  • Pintura
  • Óleo sobre tabla
  • 405
  • 22,5 x 22,5 cm
  • Colección de Arte ABANCA

En este lienzo, el artista reinterpreta una de las supersticiones de los viejos marineros (los fuegos de San Telmo) según la cual las puntas de los mástiles y la arboladura ardían como telas durante la noche. Este fenómeno fue motivo de terror para los navegantes, pero hoy está científicamente explicado como meteoritos eléctricos que se forman cuando la atmósfera está cargada de electricidad. San Telmo es el protector de los marineros, testigo de tragedias marítimas y el que bendice a los ahogados. Cuando Lugrís visitaba Vigo, acostumbraba acercarse hasta Bouzas, un pequeño pueblo marinero, en cuya iglesia se custodiaba una imagen de San Telmo joven, posible fuente de inspiración para el artista. No es el único ejemplo, dentro de su producción artística, de la representación de este episodio. La particularidad de la obra que nos ocupa es que traslada los fuegos de la nave a las puntas de las ramas de un gran árbol que protege, en su interior, al velero, creando una imagen onírica de la leyenda. Urbano Lugrís comparte los mundos poéticos de sus contemporáneos Maruja Mallo, Francisco Miguel o Cándido Fernández Mazas. Utilizan un método evasivo historicista frente al aislamiento del franquismo: retórica visual, recursos tomados del cartelismo (tintas planas), referencias a los grabados antiguos y una utilización de prácticas tardovanguardistas, como el cubismo. Por esta época, se publica El realismo mágico. Postexpresionismo (1925) en Alemania. Eugeni D'Ors lo traduce y publica en Revista de Occidente en el año 1927, referente bibliográfico de entonces.
Su carácter, tendente al Romanticismo, redunda en la proliferación de escenas nocturnas, con un importante ciclo dedicado a la noche. La representación se compone a partir de los contrastes profundos de luz y oscuridad. Su pintura, marcadamente teatral y deudora de su trabajo como escenógrafo en la época de las Misiones Pedagógicas, semeja una tramoya. Las formas se esquematizan y el uso del color pasa a un primer plano. Azules oscuros, negro tocados con la fosforescencia del amarillo y morados son aplicados con una pincelada menuda, meticulosa y casi imperceptible, para crear una pintura sencilla, de tonos planos, donde el componente mágico domina sobre la representación de la realidad.